Sun 26 Aug 2007
Con frecuencia, se suele resaltar que para aprender una lengua extranjera a cabalidad, es necesario desplazarse al lugar donde ésta se hable de forma total y espontánea. Y practicar. No hay nada más cierto. Un contexto real de utilización del idioma tiene la presencia de múltiples estímulos que demandan múltiples respuestas. En una reunión de trabajo, por ejemplo, nos olvidemos de que somos foráneos y nos adecuamos a las circunstancias de conversación, por más inglés que no sepamos o ruso que desconozcamos. Pero, ¿qué ocurre cuando nos vemos soldados de nuestros terrenos (metáfora) y, por equis motivo, se nos hace imposible pisar tierras extranjeras, por más que lo deseemos con intensidad? Pues a ver la forma de hacerlo fuera de clase. ¿Qué? ¿Dónde?
Además de toda la parafernalia cibernética para asimilar términos nuevos, expresiones y modismos y practicar algunas habilidades comunicativas (oír, leer y escribir); las repetitivas recomendaciones del profesor; y la interacción con programas de televisión, radios y demás medios foráneos; es en el mero contacto humano como mejor se aprende. Iré al grano.
Hace una semana, en mi instituto de inglés, nos encargaron una travesía. Una tarea nunca antes vista, nunca antes hecha. Arreglárnosla para conversar face-to-face (cara a cara) con algún hablante nativo. Pero no de cualquier cosa. Había ejes temáticos: unos pocos idioms (locuciones, frases típicas en el habla británica), que necesitaban ser explicados. Entonces, teníamos que pedir ayuda. La asignación consistía, también, en procesar la información y llevar a clase definiciones claras de las expresiones y algunos ejemplos. Lo hicimos.
Algunos, sé, que fueron a aeropuertos. Otros, a iglesias evangelistas. Yo fui a una plaza muy conocida, famosa por su valor histórico. Y turístico. No me costó mucho avizorar a una pareja de daneses. El sol en sus cabellos, la blancura de sus pieles es el estereotipo blanco de su nación. Él se llamaba (tal vez hasta ahora) Steen. A ella, no le pregunté su nombre. Es que no pensé entrevistarla, pero su buena voluntad de ayudarme me hizo incluirla en mi trabajo. Él era más bajo que ella, pero ella era quien obligaba a él a cargar la cámara semiprofesional Nikkon, que, seguramente, ya tenía en sus recuerdos muchos lugares. Los abordé.
Fue la primera vez que hablé con nativos. Cuando me albergaba en los libros y ejercicios en el salón, me preguntaba “¿cómo será cuando hable, de verdad, con un anglohablante?”. No sabía si podría entenderlos o ser suficientemente claro para que me comprendan. Y fue maravilloso. Me di cuenta del nivel académico que tenía y me sentí satisfecho, pero con ganas de mejorar más. Resolví y tarea y volví a clase con la misión cumplida. Tal es una excelente alternativa. En situaciones en las que no podemos viajar, ni de vacaciones, para practicar la lengua que estudiamos, es muy útil buscar conversaciones con nativos turistas o residentes en nuestro país. Siempre hay.
“Para todo hay solución”, decía mi santa madre. Para las dificultades en asimilar un idioma, también. Necesitamos mucho ingenio y ganas sinceras de aprender. Creémonos formas propias de poner en práctica lo que repasamos en las aulas. Mucha suerte.
Related Posts
- No related posts